LO
QUE SUCEDIO EL 28 DE JULIO DE 2.024 EN VENEZUELA: UNA GRAN LECCION PARA LOS
REVOLUCIONARIOS.
En
1.964, el gran poeta revolucionario Jorge Zalamea, en su atormentada
convocatoria, a modo de inventario, a todos los desposeídos y humillados del
mundo, pero especialmente de nuestra América Latina, al referirse a Venezuela
exclamaba:
…
“de Venezuela la rica, la más rica, la mil veces rica, la riquísima –
inesperado centro de musicalia, sede de la más audaz arquitectura, lonja de
artistas, mecenas estrellado (¡oh antifaz, oh máscara, oh irrisión) -, de
Venezuela humeante de petróleo, husmeante de pan, han venido cinco millones de
pobres venezolanos y los millares de sombras que toman aquí, entre vosotros,
vacaciones de los penales, presidios y cárceles en que pagan el planteamiento
de un pleito: el vuestro, el nuestro”. (ZALAMEA J. EL SUEÑO DE LAS ESCALINATAS).
¿Qué
ha quedado y qué queda de esa Venezuela “humeante de petróleo” pero
paradójicamente “husmeante de pan”? Ruinas, escombros, más despojo, más
desalojo, más miseria y degradación humana. Progreso y enriquecimiento fácil
para unos pocos; hambre y miseria para muchos. Esa Venezuela aristocrática
tradicional que derrochó y despilfarró el mucho humo de petróleo; que como el
hijo calavera, no supo que hacer con una renta heredada; que amamantó, amaestró
y adiestró a su “clase media” de la burocracia estatal, en el arte de vender y
traicionar a su país y a su pueblo, que la acostumbró a la vida muelle y cómoda,
a acomodarse a la venalidad y el robo de los bienes públicos, mientras los
explotadores extranjeros y criollos a manos llenas apañaban los beneficios de
la renta petrolera, dejando solo el tendal de míseros en las calles y campos
venezolanos. Lo mismo que ha sucedido y sigue sucediendo en Oriente Medio. Allí
la miseria y humillación a los pueblos de Irán, Irak, Siria, Yemen, El Líbano
y, especialmente al pueblo palestino, son escalofriantes. No importa que en
algunos de ellos hagan presencia unos extranjeros u otros, esa inmensa riqueza
ha dado y da para todo; para engordar las arcas de los explotadores
extranjeros, para mantener unas castas gobernantes rodeadas de matones legales
e ilegales, y para financiar carniceros como Hetanyahu.
Y
la Venezuela “husmeante de pan” implorando en esa época ese mendrugo, y hoy no
solo implorándolo, sino desfilando en las caravanas de la muere y la deshonra,
la peor vergüenza de América Latina. Eso es lo que deja el imperio de lo
privado por encima de lo público, de lo común y colectivo, la supremacía de la
propiedad privada, y sobre todo en la modalidad actual del capitalismo
imperialista en su peor decadencia que, como la célula cancerosa, muere
devorándolo todo.
Los
aristócratas tradicionales pervertidos en y con la renta petrolera perdieron el
poder, y éste cayó en manos de esa “clase media” igualmente pervertida por la
misma razón y, además, sin perspectiva de país, de nación y de Estado nacional,
sin propuesta política de real liberación del pueblo venezolano e incorporación
a la vida activa económica, política y social de la gran mayoría de excluidos
de los beneficios de esas riquezas naturales y el trabajo a los que siguen
siendo sometidos. La política con la que impusieron su nuevo régimen peor que
el de los aristócratas tradicionales, no pasó de ser un populismo castrense,
más que empenachado en el uniforme militar, emplumado con el agorero
traje del “Socialismo del siglo XX”, zurcido con los adornos de la santería,
mucho más elitista, jerarquizado y excluyente que somete todo al arbitrio
de la conducta cuartelera, e inspirado en el espíritu de venalidad de esa
“clase media” revanchista y reforzado por los detritus de la delincuencia de
todo orden que desde dentro y desde fuera, han invadido todo lo grandioso y glorioso
que pudo dar el pueblo venezolano en épocas pasadas.
En
1998, año de acceso del nuevo régimen al poder, ni resurgió ni revivió la
Patria bolivariana. Ese fue el instante de su último suspiro. Los descendientes
de las comunidades indígenas después de la invasión europea sometidos a la
servidumbre, los descendientes de las poblaciones negras esclavizados y la
población mestiza pobre que integraron posteriormente la clase obrera, los
campesinos y sectores populares urbanos, nunca tuvieron patria. La que quiso
construir Bolívar, a fuerza de decretos de “guerra a muerte” y constituciones
“aéreas”, como él mismo lo dijera, no pudo ser ni construirse, porque las bases
económicas, políticas, sociales y las relaciones de tipo capitalista
concordantes, aún no existían para ese propósito. Y cuando esas condiciones
comenzaron a existir, ya la élite “patriota” criolla había moldeado, modelado e
implantado unas instituciones “republicanas” a su manera, a su amaño y
totalmente funcionales a sus intereses y propósitos de mantener el dominio
colonial interior, con el beneplácito y apoyo de los nuevos amos extranjeros.
Estos
han sido sobre poco más o menos, los rieles por donde ha transcurrido la
historia de esta amada “patria bolivariana” de Venezuela. Después de todas las
peripecias de Bolívar y todos los luminosos destellos de la insurgencia de
América Latina en su tiempo, Venezuela no conoce sino tiranos y dictadores de
todos los colores y de las peores especies al servicio, ayer de los ingleses
con los que Bolívar tuvo que negociar para poder sostener sus propósitos
independentistas; después los amos norteamericanos que se apoderaron del grueso
de los beneficios de la renta petrolera; y hoy, cada vez más atrapados en las
redes de los nuevos amos rusos y chinos. Nada gratuito que esos dos nuevos
patrones que se disputan el dominio del mundo con la potencia norteamericana y
sus aliados, fueran en forma automática, los primeros en salir a refrendar y
reconocer el “·triunfo” electoral de Nicolás Maduro. Venezuela es, desde la
década pasada y lo que va corrido de ésta, un campo en el que la disputa de los
dos bloques imperialistas actuales, se agudiza a marchas forzadas. Es en
América Latina, el centro de convergencia de esa disputa. Los unos (Rusia-
China) por consolidar sus posiciones y ganarlo como nuevo “socio”; los otros
(EE. UU. y sus aliados) por no perder esa posición y conservarla.
Hasta
ahora esa disputa se ha librado primordialmente en los terrenos económico y
político, pero estas vías usadas por los patrones de ambos lados, parecen estar
llegando a su fin. Ninguno se resigna a perder. Por tanto, en las condiciones
en que están planteadas las cosas, Venezuela está al borde de una gran
confrontación armada interna entre dos bandos reaccionarios, uno de parte de la
extrema derecha tradicional venezolana proyanqui, y el otro en defensa del
régimen que fue derrotado en las urnas con toda la cola de los llamados “colectivos
chavistas”, la “guardia bolivariana” creada por el mismo Chávez y todos los que
se sumen al un lado y al otro. Y la intervención extranjera no se hará esperar,
en la cual acudirán de un lado, las fuerzas militares de la OTAN, y del otro
los ejércitos del expansionismo ruso-chino, cada uno con sus aliados. Y el
pueblo venezolano seguirá enfrentado consigo mismo, siguiendo unos a un bando,
y otros al otro. Pero más allá de eso, será el que pone la sangre, los muertos
y cargará con las ruinas.
No
perdamos de vista que lo más significativo en este caso, es que no será
únicamente el pueblo venezolano el que padecerá las consecuencias, al llegarse
a presentar esta eventualidad. Lo más probable y a lo que tenemos que prestarle
la mayor atención, en especial nosotros los colombianos en esa perspectiva que
comienza a perfilarse, es que una tal guerra no se quedará encerrada dentro de
las fronteras venezolanas, como ha sucedido en Ucrania. Esta, rápidamente puede
convertirse en una conflagración continental en cuanto acudirán otras fuerzas a
colocarse de un lado y del otro. Advertimos esto apoyados en la observación de
los hechos publicitados hasta la saciedad, en los que se ha mostrado cómo, no
fueron ni la policía ni el ejército los que ejercieron la represión contra los
opositores que reclamaban el triunfo. Fueron los llamados “colectivos
chavistas” y la “guardia bolivariana” los encargados de cometer todos esos atropellos.
Sobre todo, esa “guardia bolivariana” creada por el mismo Chávez que era ya,
desde ese momento, un tremendo aparato paramilitar, fabricado para defender un
régimen político y un gobierno sí, pero que hoy es una fuerza mercenaria al
servicio de un grupo con toda la ilegitimidad que carga a sus espaldas, el que
acude a todo con ella para tratar de perpetuarse en el poder y continuar
esquilmando a Venezuela.
Y
nosotros los colombianos sí que tenemos razones para ponernos alerta con
respecto a situaciones y hechos como éstos. Conocemos muy bien y sabemos de
toda la crueldad de lo que hicieron “los pájaros” en la Violencia de los años
50 del siglo XX (paramilitares de entonces); conocemos y sabemos muy bien de
toda la barbarie y atrocidades que cometieron los paramilitares en la década de
los años 90 del siglo anterior e inicios del presente. Estos, de manera un poco
semejante a lo que sucede en Venezuela, fueron una fuerza al servicio de unos
gobiernos y de un proyecto político de extrema derecha, pero los que continúan
hoy no son más que ejércitos privados al servicio de grupos que se han
apoderado y defienden las economías ilegales. Y no nos hagamos los locos y los
sordos. A nuestro alrededor, han proliferado las llamadas “guardias indígenas”
y “campesinas” y bien enterados estamos de cómo han ido evolucionando y el
carácter que ido adoptando. La teoría revolucionaria, la formación política
revolucionaria y la abundante experiencia internacional nos ha enseñado y nos
enseña, que esos aparatos sin una sólida dirección política revolucionaria, aun
cuando sean creados con buenas intenciones y propósitos, terminan en todo,
menos al servicio de la revolución.
Es
totalmente claro que, ante esta eventualidad que es muy probable, a los
revolucionarios, no solo en Venezuela, sino en todo el continente, nos coloca
ante la obligación de definir nuestra actitud política, si no la hemos
definido. Quienes la tenemos definida, junto con algunas fuerzas
revolucionarias venezolanas que sabemos que la tienen, aunque débiles todos,
debemos esforzarnos por fortalecernos, continuar la lucha por la liberación
social y nacional de nuestros pueblos; por reconstruir las organizaciones
revolucionarias de la clase obrera; ampliar y consolidar los lazos de
solidaridad política con todos los sectores, grupos y organizaciones que son o
pueden ser aliados para extender y consolidar el Movimiento Político
Revolucionario en general, capaz de ponerse al frente en la lucha por la
liberación total de nuestros pueblos.
¿Con
quién o con quienes luchar? ¿Contra quién o quiénes luchar? ¿Apoyar y ponerse
del lado del uno o del otro bloque imperialista y sus aliados dentro y fuera de
Venezuela? ¿O ponerse del lado del pueblo venezolano en este caso, apoyar su
lucha contra los amos de los bloques imperialistas que se disputan el dominio
del mundo? ¡That is the question! (Esta es la cuestión). Los revolucionarios no
podemos acudir a malabarismos podridos, pretendiendo ocultar ésta que es la
cuestión fundamental. O apoyamos y nos colocamos del lado del uno o del otro
bloque imperialista y sus aliados internos y externos en Venezuela; o apoyamos
y nos colocamos del lado del pueblo venezolano y su derecho a la
autodeterminación nacional, a resistir y luchar por su liberación social y
nacional, sacudiéndose de sus espaldas a esos patrones externos, a los lacayos
internos que los apoyan, y a todo enemigo que interfiera su camino.
El
que la confrontación de los dos bloques imperialistas del momento haya llevado
a la situación que vive en este momento el pueblo venezolano, no es más que el
testimonio vivo de que esa dinámica que siguen los dos bandos, ya entró en una
fase sin retorno; seguirán encendiendo guerras locales en otros escenarios en
donde ya no puedan maniobrar solo por los medios económicos y políticos. El
modelo neoliberal que impusieron en todo el mundo ya agotó su ciclo de
recuperación que tuvo en estas décadas pasadas y ha profundizado no solo la
crisis crónica en la que entró el sistema capitalista-imperialista desde comienzos
del siglo XX, sino que entró en la etapa de absoluta decadencia, en medio de la
cual, lo único que le queda para mantener algún dinamismo de la producción y
los mercados en su conjunto, es la producción armamentista y su comercio, los
cuales solo funcionan con guerras; en consecuencia, el único camino que les
queda es promover las guerras, por ahora locales, pero que más temprano que
tarde, éstas pueden convertirse en confrontación global.
Este
ha sido y es el camino de los imperialistas, grandes o pequeños, viejos o
nuevos y se presenten como se presenten. Este es el camino de todos los
reaccionarios sin excepción, sea en sus expresiones políticas ultraderechistas,
moderadas o socialimperialistas es decir, socialistas de palabra e
imperialistas de hecho. Por el contrario, el camino de los revolucionarios es
hoy rehacer, reconstruir el pensamiento revolucionario y las organizaciones
revolucionarias, recuperarse a sí mismos ideológica y sicológicamente de todos
los reveces que han causado tanta confusión y desánimo, continuar la lucha y la
resistencia por reasumir el papel que nos corresponde de dirigir a los pueblos
en su misión de liberarse social y nacionalmente, fortalecer los vínculos con
todos los aliados por débiles e inseguros que puedan estar. En esta dirección,
es imprescindible fortalecer la posición política independiente de esos bloques
imperialistas que se disputan el dominio del mundo y de todos sus aliados, se
disfracen con todos los ropajes que se disfracen.
En
este propósito de rehacer, reconstruir el pensamiento revolucionario y las
organizaciones revolucionarias y recuperarnos ideológica y sicológicamente, es
parte esencial, el ser conscientes de la situación real en que nos encontramos.
Por un lado, de la debilidad de las fuerzas revolucionarias a nivel general, y
por el otro, de la decadencia en que se encuentra el sistema capitalista en su
fase imperialista y el modelo neoliberal agotado que no pueden prescindir de la
confrontación de los dos bloques imperialistas y de las guerras para tratar de
amortiguar la quiebra a costa de sobreponerse el uno al otro y del desangre de
los pueblos. Es en este estado real de las cosas en que adquiere validez,
proyección política e importancia nuestra lucha por la paz, como un medio de
acumulación de fuerzas, sabiendo que ésta no se convertirá en realidad mientras
exista esta situación, pero que nuestros pueblos la quieren, demandan y luchan
por ella, y de alguna manera contribuye a ponerle algo de contención a esa
conducta y mentalidad guerreristas. Y lo más importante es que contribuye a que
nuestros pueblos puedan percibir de manera directa y comprender mejor quienes y
por qué están interesados en promover las guerras, pasando por encima y
pisoteando los más elementales derechos de las comunidades y pueblos por todas
partes. Por eso hemos apoyado y continuamos apoyando todo esfuerzo por la
solución negociada con los grupos armados en nuestro país y la lucha por la paz
en todo el mundo.
Por
todas esas razones y muchas más, no basta con pedir y exigir la publicación de
las Actas de las elecciones y el reconteo de los votos en el evento electoral
pasado de Venezuela. Suponiendo que dichas Actas hayan sido conservadas tal
como fueron emanadas de la votación o que no hayan “extraviado” algunas de
ellas, esto no hace más que darles legitimidad a las fuerzas políticas de la
extrema derecha venezolana. Que el fraude electoral al que acudió el régimen
cuando ya se sintió perdido, fue monumental, no hay la menor duda y, con mayor
razón para los mismos perdedores. Que la extrema derecha venezolana se levante
exigiendo que se le respete ese triunfo, está en su derecho. Y que muchos
sectores populares del pueblo venezolano hartos, hastiados y desesperados ante
tanta insolencia e ignominia se hayan sumado y se sumen a ese carruaje, es
entendible. Sin embargo, aunque dolorosamente esto sea así, los revolucionarios
no podemos caer también en el estercolero podrido y nauseabundo en que
naufragan los unos y los otros, sumándonos a la algarabía del triunfo de la
extrema derecha, o a la defensa de un régimen que ya estaba caído por sí solo.
Ni Corina ni mucho menos Maduro pueden sacar al pueblo venezolano del callejón
al que lo arrojaron. Ni la una ni el otro pueden resolver la irreversible
decadencia del sistema capitalista-imperialista que es la causa real y
verdadera de su naufragio.
El
pueblo venezolano y todos los pueblos del mundo necesitamos es sacudirnos de
nuestras espaldas los amos que cabalgan sobre ellas; necesitamos es liberarnos de
todos los amos y sus lacayos internos. Necesitamos independencia y libertad, la
liberación social y nacional; necesitamos autodeterminación nacional. Es hora
de recuperarnos y volver a la lucha por la autodeterminación nacional de
nuestros pueblos. Es el momento de acentuar toda manifestación de lucha,
resistencia y protesta contra toda intervención externa, las cuales son
imposibles si no cuentan con apoyos internos.
Es
el momento de que la clase obrera se levante y reasuma su papel histórico de
transformar esta sociedad capitalista que, en su frenesí de locura y decadencia,
ha llevado a la humanidad entera a tanta barbarie, de la cual, de por sí y ante
sí, está incapacitada para salir.
Es
hora de apoyar con todas nuestras fuerzas a los revolucionarios venezolanos y a
su pueblo a consolidar una Gran Fuerza Política Revolucionaria Independiente
de esos bloques imperialistas que los han sumido en la situación en que se
encuentran y de los aliados internos de cada uno de ellos. No será hoy ni será
mañana. Tampoco será fácil lograrlo, pero lo real es que no hay más camino que
conduzca a la liberación completa y cabal del pueblo venezolano y los pueblos
del mundo.
Fraternalmente
EL FARO SOCIAL.
Popayán,
6 agosto de 2.024
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